oct 26

Concepción Arenal

Preliminar:
Motivos, límites y plan de esta obra

No sólo en el orden físico se hacen descubrimientos; no sólo el navegante y el astrónomo hallan nuevos continentes en la tierra y en el cielo nuevos mundos; no sólo el microscopio y el telescopio nos hacen entrever como los dos polos del infinito, y demostrando la realidad de cosas que ni como sueños existían en nuestra mente, convierten los prodigios en ciencia, que nos revela el Universo. También la esfera moral se extiende; también la región del espíritu se dilata; vense allí nuevos hemisferios, nuevos soles, y en el corazón del hombre se hallan dolores y consuelos hasta aquí desconocidos, y resortes, y aspiraciones, y verdades tan ignoradas de los siglos que pasaron, como el poder de la electricidad o la existencia de los planetas telescópicos.

Uno de estos grandes descubrimientos del mundo moral es que el delincuente sea susceptible de enmienda; que la sociedad debe procurársela, y que, siendo el deber absoluto, la justicia obliga, aun para con los que faltan a ella.

No está muy lejos la época en que, no ya condenar a un hombre, pero solamente acusarle de un delito, era casi declararle fuera de la ley humana. El tormento era un medio para investigar la verdad; la cárcel era un horrible padecer; la pena de muerte se prodigaba, y los suplicios la acompañaban para hacerla más dolorosa.

La ley, dura como el hombre bárbaro que la había formulado; suspicaz, como los débiles; débil, como era confusa la idea de justicia que la inspiraba; temiendo siempre verse burlada, quería el castigo del inocente antes que la impunidad del culpable; propendía a mirar la sospecha como prueba, el delito como pecado, y a dar al juicio de los hombres la infalibilidad de los juicios de Dios. El reo era, no sólo objeto de temor por el mal que había hecho y podía repetir, sino también parecía execrable como impío, y al perseguirle se mezclaba el fanatismo con la ira. Con el cordel y la rueda se destrozaba su cuerpo, cubriendo su alma de congojas y su nombre de infamia. Considerado, más bien que como un hombre a quien había que juzgar y corregir, como un vencido, se le aplicaba la ley del más fuerte, compendiada en aquel horrible grito del mundo antiguo: ¡vae victis! La justicia se llamaba venganza pública; y como la venganza era ciega, iracunda, cruel, no esperaba del penado enmienda, ni él tenía que esperar perdón; era un ser peligroso, hostil, y el mundo estaba lejos de practicar la ley santa que nos manda amar a nuestros enemigos.

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